Prendas de Cambio

Enagua


Su evolución se paseó de lo estético a lo práctico, para posicionarse como una prenda vintage en la actualidad. “Las enaguas se comenzaron a utilizar con el fin de dar volumen a las polleras antes de la invención del verdugado (falda rígida acampanada). Con el tiempo se utilizaron con fines estéticos, sobre miriñaques, de modo que se insinuaran los bordados y encintados de su borde, evidenciando así la riqueza del padre o del marido de la dama que las utilizara”, explica María de los Ángeles Calleja, profesora de Historia del Vestuario del Duoc UC. El ser costosas las convertía en una excelente forma de resaltar la supremacía de quien las llevara, marcando un importante antecedente del uso de la vestimenta como reafirmación de la posición social. Pero, ¿cómo mostrar lo que por definición correspondía a ropa interior sin caer en la vulgaridad? Dejando que las enaguas se asomaran ‘casualmente’ al subirse al coche o al tranvía. Con la simplificación de la indumentaria femenina a partir del siglo XX la enagua adquiere una función más práctica, que buscaba evitar la irritación de la piel y abrigarse del frío. Hoy es una prenda escasa, pero que poco a poco comienza a anunciar un revival con la irrupción de la moda pijama, tendencia que promueve el uso de seda y encaje, como clásicamente se componen las enaguas.

 

Miriñaque


También llamado crinolina, consistía en “un armazón hecho de aros de metal, barbas de ballena, madera u otro material de consistencia y flexibilidad similares, que se llevaba por debajo de una falda para darle más amplitud”, según lo define el diccionario Moda A-Z, de Alex Newman y Zakee Shariff. El estilo sencillo y neoclásico que regía la moda femenina a principios de siglo XIX pasó a verse como un libertinaje, y la ropa aumentó en rigidez. Así, en 1830 las faldas ampliaron sus ruedos, primero sostenidas por capas de enaguas y luego por el rígido miriñaque. El desarrollo del cable de acero y los avances de la industria textil facilitaron su crecimiento, y a fines de 1850 su tamaño llegó a impedir a dos mujeres ingresar al mismo tiempo a un salón. “Debido a su gran envergadura ampliaban el ‘espacio vital’ de las usuarias, por lo que aseguraban la castidad de aquellas que los utilizaban y ayudaban a evitar las ‘tentaciones’”, describe Calleja. Pero el exceso fue tal, que en 1865 se instauró el uso de media crinolina, con volumen solo en la parte trasera. De entrada al siglo XX las formas de la moda se simplificaron en pro de la movilidad, y el incómodo armazón no encajó en la nueva silueta femenina, liberando así a la mujer de esta jaula móvil. Aunque hay un lugar donde el miriñaque aún encuentra cabida: en los magníficos vestidos de novias de diseñadores como Marchesa y Elie Saab.

 

Corsé


En Europa y Estados Unidos las mujeres lucían orgullosas sus figuras distorsionadas atrapadas por el corsé. Con ajustadas barbas que lo revestían por todos lados, materiales como algodón y seda, y delgados cordones o cintas que se trenzaban ajustados en la espalda, fue una pieza indispensable en el armario de la mujer hasta principios del siglo XX. Una S perfecta; con un busto abultado llamado ‘pecho de pichón’, que contrastaba con las caderas que se proyectaban hacia atrás. Esa era la silueta de la mujer que se intentó moldear a toda costa durante la Belle Époque. “Ello se conseguía mediante el llamado ‘corsé saludable’ que, aunque estaba pensado para reducir la presión sobre el diafragma y seguir el contorno natural del cuerpo femenino, en realidad solo creaba una contorsión forzada y antinatural”, describe Mairi Mackenzie en su libro Ismos para Entender la Moda. Las cinturas de avispas dejaron de ser una expresión para convertirse en una realidad, llegando incluso a medir escasos 40 centímetros. Aunque afortunadamente hubo voces disidentes, y en 1904 las sufragistas inglesas comenzaron una campaña en contra de esta antinatural prenda, causa a la que más tarde se unieron las francesas. Pero como no hay mal que dure 100 años, o en este caso 500 (su uso se generalizó a partir del siglo XV), durante la primera década del siglo XX el diseñador Paul Poiret desató a la mujer de las apretadas amarras del corsé al introducir el estilo neoimperio inspirado en la estética antigua de Roma y Grecia. Un respiro que nuestras abuelas y sus abuelas agradecieron.

 

 

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